Relatos del Ya pero Todavía no.
Noverna PARTE
Aurora
Teología para un nuevo amanecer
-Sofía, no llores, por Dios, cálmate.
-¡No me digas que me calme!
-Pero si no ha pasado nada, todo está bien.
-¡No, no todo está bien! – Sofía se comportaba agresiva al tiempo que lloraba y se dejaba abrazar por Aquilino-. Y no me digas que no llore, lloro cuando se me pega la gana. Llevo aquí sentada más de una hora, ¿y me dices que me calme? ¿Sabes la hora que es Aquilino? ¡Son las 4:30 de la madrugada!
-¡Ah, estás histérica!
-¿Has llorado? –La teóloga cambió el tono de voz. A decir verdad, toda su cara cambió al descubrir que los ojos azul metálico de Aquilino estaban húmedos, como un cristal empañado después del aguacero.
-No, no he llorado. – Mintió.
-Pero, por favor Aquilino, ¿qué significa esto? –Preguntó sin preguntar-. ¿O es que piensas que estoy ciega? Puedo ver claramente que has llorado, por favor, dime…
-Es solo que…
-Vamos Aquilino, dime de una vez.
-Me acordé de mi padre. Hacía demasiado tiempo que no pensaba en él.
-Es verdad, nunca hablas de él. Ni siquiera sé su nombre. Y la única vez que te pregunté por él tu respuesta fue tan cortante que decidí cerrar el tema para siempre. A menos que… bueno, a menos que lo abrieras tu. Sé lo que es eso –continuó Sofía con determinación-. Yo odio a mi padre y odio hablar de él. Si no fuera porque es el hombre al que ama mi madre…
-Yo no odio a mi padre – interrumpió Aquilino dando por terminada la conversación, mientras se levantaba y le tendía la mano para ayudarla a ponerse de pie. Pero Sofía se resistió y lo miró largamente.
-No, no –gimoteó como una niña-. Quiero que me hables acerca de tu padre. Yo… yo en verdad quiero hablarte acerca del mío.
Aquilino guardó silencio sintiendo cómo temblaba la mano suave y delicada de su amiga. Sofía le tendió la otra mano, Aquilino la sujetó y tiró de ambas. Cuando Sofía estuvo de pie, se abrazaron tiernamente, no como pareja, sino como amigos. Era un abrazo pleno de lealtad.
-Está bien –Aceptó -. Pero no aquí. Mejor vamos a tu apartamento, ahí hablaremos más cómodamente, hace demasiado frío aquí. -Ella lo miró con una brizna de desconfianza, pero no objetó.
Al llegar al apartamento la noche se dormía y el día despertaba lentamente. Aquilino hizo café mientras ella se duchaba, luego él también tomó una ducha caliente. Sofía encendió una velita azul que emanaba un perfume limpio. Se pusieron cómodos en el sofá. Aquilino tuvo un repentino deseo de besarla, pero se contuvo porque pensó que ese no era un buen momento. En lugar de eso la acercó hacia sí y comenzó a contarle la forma en que el río le arrancó a su padre. Sofía escuchaba y lloraba.
-No llores. –suplicó Aquilino.
-Déjame llorar…
-¿No ves que si lloras se me escapan las lágrimas a mí también?
-Pues llora tú también.
El niño de nueve años seguía llamando a su padre mientras los voluntarios de la Cruz Roja lo trasladaban hacia el hospital Calderón Guardia envuelto en una manta. Doña Constanza lo esperaba ahí rota de dolor y ansiedad. Aquilino albergó durante años la secreta esperanza de que su padre había logrado salir del río, y que un día cualquiera encontraría por fin el camino de vuelta a casa. Escrutaba los rostros de los hombres en la calle intentando reconocer a aquél hombrecito pequeño que le dijo: ¡Cierra los ojos y no respires por un momento! Quizás por eso Aquilino procuraba mantener siempre los ojos abiertos, incluso por las noches. Quizás también por eso Aquilino desarrolló una profunda necesidad de encontrar objetos perdidos, caminos perdidos o civilizaciones perdidas, y había estudiado arqueología con el anhelo de lograr aplacar esa omnipresente impotencia.
-Toda mi historia sucedió en quince minutos. –Balbuceó Sofía rompiendo el silencio mientras sorbía las lágrimas y apretaba la mano de su amigo-.Verás, mi padre tenía un socio muy rico. Eran buenos amigos. Un día mi padre organizó una fiesta en mi casa, una de esas fiestas sin sentido en las que no se celebra nada. Ahí conocí a mi primer novio. Un chico bastante normal que le llamaba más la atención a mi padre que a mí. Era el famoso hijo del socio rico de mi padre. A sus 16 años ya conocía medio planeta y tenía su propia cuenta bancaria con varios millones… en dólares. Eso, por supuesto, entusiasmaba mucho a mi padre. El permiso que mi padre me dio para tener novio no era más que una asquerosa artimaña para concretar uno más de sus negocios, quizás el más grande de todos ellos. Pero de eso me di cuenta muy tarde, cuando ya todo había pasado. De momento yo era la niña más feliz del mundo.
Un grito aterrador rasgó el silencio quejumbroso. Luego una respiración entrecortada de pánico y dolor producto del forcejeo; Entre la entrega y la resistencia. La violencia de los revolcones había desordenado completamente las mantas de la cama. Era una mezcla de humillación y seducción. El reloj de péndulo daba las cinco y cuarto de la tarde. Era el comienzo del Shabat.
Lo había amado intensamente desde hacía un año. A veces se despertaba de madrugada pronunciando Su nombre. Había puesto toda su fe en cada una de las promesas pronunciadas por aquellos labios que hoy se sumían en un silencio obstinado y obsceno. Creía ciegamente en cada palabra Suya, en cada gesto por nimio que fuera. Incluso muchas veces jugaba a adivinar Sus pensamientos y Sus reacciones, se anticipaba a ellos en un juego estimulante que hacía crecer su devoción.
Cada tono de Su voz hacía saltar hasta la última célula de su cuerpo. Cada vez que Él le hablaba, ella tenía plenitud de paz y seguridad. Entraba en un estado de ensoñación tal que todas sus emociones se adormecían irremisiblemente. Ni siquiera escuchaba Sus palabras, solo absorbía las vibraciones, las tonalidades. Le resultaban perfectos pretextos para creer en el mañana, en el amor, en el bien o en todas las bendiciones posibles y pensables juntas.
De un tirón le arranca un par de botones de la blusa color rosa que Él mismo le había regalado la semana pasada, para el día de los enamorados. Ella intenta apartar Sus manos de su pecho, pero es imposible. Tiene ganas de gritar otra vez, pero no lo hace. No quiere causarle problemas. Susurra a su oído que lo ama, pero Él jadea como un loco y no la escucha. Todo su cuerpo tirita de miedo. Ese él no es Él, ya no lo reconoce, hasta Sus ojos la ven de otra manera, es una mirada que le causa asco y pavor. El reloj de péndulo daba las cinco y diecisiete de la tarde. Era el comienzo del Shabat.
Ella cierra los ojos y se siente desnuda por dentro y por fuera. Niña virgen, aprieta los puños. Virgen, niña, bebé, embrión, mórula, cigoto, óvulo... hasta sumirse en una nada absoluta. Es absorbida por un aturdimiento avasallador, un pánico de hondura sin fin. De pronto una sensación de soledades insondables quebrantó todo su ser.
Se entrega sin reservas a la espiral de fuego que se cierne sobre ella, que la abraza, que la hiere, que la penetra, que la posee. No hay opción, no hay salida. Crujen sus dientes. Quiere llorar pero no recuerda cómo hacerlo. Apenas y logra emitir un balido desganado y ridículo. El dolor la obliga a salir de su aturdimiento, la aplasta contra una pausa inmisericorde y precipitada. Ahí se contemplan como dos extraños. Ojos de fuego que se estrellan contra ojos de sangre. Una pausa de flamas que penetran, de hielo que restalla... Nada se mueve, excepto dos corazones agitados, excepto la vida, lágrima tímida que se arrastra humillada por la mejilla. Todo se petrifica: ola, sangre y tiempo. Un silencio absoluto que se precipita luego hacia un abismo poderoso de muerte y resurrección. El reloj de péndulo daba las cinco y media de la tarde. Era el comienzo del Shabat.
Sofía lloraba, y sus sollozos emocionaron de tal manera a su amigo que éste no pudo evitar romper en llanto junto a ella.
-Cuando se lo conté a mi padre, me dijo que eso era normal, que no llorara, que todo estaba bien. Me dijo que yo tenía que casarme con él, porque después de lo que habíamos hecho ya nadie me iba a querer. Yo no podía dejar de llorar, entonces me pegó una bofetada y, apuntándome con el dedo, me hizo jurar que no se lo contaría a nadie. Me dijo que eso supondría la vergüenza y la ruina para ambas familias. Y que si eso llegaba a suceder, toda la culpa recaería sobre mí y no se me perdonaría jamás semejante traición. Por eso lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas -Volvió a llorar con un llanto lleno de rencor-. Ya ves, –continuó en medio del llanto- tú lloras porque amas a tu padre pero no lo tienes; yo lloro porque lo odio y no puedo deshacerme de él.
-No puedes seguir viviendo así –terció Aquilino mientras la miraba con ternura y la llenaba de caricias.
-¿No puedo seguir viviendo cómo? –ella lo miraba fijamente sin comprender.
-Con tanto rencor, con tanto odio, no mereces vivir condenada a odiar para siempre.
-Mi padre no merece mi perdón.
-Tal vez tu padre no merezca tu perdón, pero tú si que mereces vivir sin rencor. El rencor te marchita por dentro y por fuera, te condena a seguir sufriendo por algo que sucedió hace mucho tiempo. La falta de perdón no es más que la estrategia del enemigo para prolongar el sufrimiento y la agonía de las personas. Es una especie de tortura en la que la víctima se siente culpable y responsable de todo lo que le sucedió, y en cierta forma, le sigue sucediendo. Y, como si eso fuera poco, le sobreviene la vergüenza… la vergüenza es como la huella digital del enemigo, es la más clara evidencia de que aun sigue trabajando en tu vida. Debes hacer algo Sofía.
-Nunca había pensado en la posibilidad de perdonarlo, siempre creí que perdonar no era una opción. Una vez, en una iglesia bastante legalista, intentaron exorcizarme. Decían que mi falta de perdón se debía a una posesión demoníaca. Yo estaba totalmente consciente cuando gritaban furibundos a un demonio imaginario.
Aquilino soltó una carcajada y le lanzó una mirada displicente haciéndole notar que no estaba de acuerdo con esa práctica. Sofía le sonrió cómplice y complacida y se levantó para tomar una goma para el pelo. Luego se hizo una cola y su cara se iluminó de repente.
-No te imaginas la tremenda barahúnda que armaron esos ignorantes. Creo que sobra decir que nunca regresé a esa iglesia. Aunque debo reconocer que me impulsó mucho a estudiar teología. Yo quería saber… hay tanta mala teología en las iglesias como mala música en la radio.
-O como mala política en el parlamento – atinó a decir Aquilino.
-O malos maestros en la escuela. Sólo Dios sabe cuántos de ellos saben bien de qué hablan. Y eso es precisamente lo que sucede en las iglesias: Ya no se predica la Biblia en ellas, y pocos saben bien de qué están hablando desde el púlpito. ¡Lo que necesitamos es que se predique la Biblia y nada más! Una vez escuché una predicación en la que se afirmaba que Bush era un profeta… ¡eso sí que es ignorancia!
-¡Pero vaya iglesias esas que visitas eh! –soslayó Aquilino en tono burlón-. ¿De dónde las sacas?
-Mi madre, que en su afán por encontrar una buena iglesia, cometió el error de hacer tour por las iglesias de temporada.
-¿Iglesias de temporada?
-Si, ya sabes, hay iglesias que se ponen de moda.
- Bueno –exclamó Aquilino soltando otra carcajada-. Debo irme, tengo cosas que hacer ¿nos vemos mas tarde?
-Si tú quieres…
-Quiero.
Se despidieron con un beso en la mejilla. Sofía pasó el resto del día nerviosa, sin saber qué hacer. Hasta ahora nunca había considerado la posibilidad lograr poner punto final a tanta amargura. Realmente no se había dado cuenta que dentro de ella se ocultaba un sentimiento tan repulsivo. Tenia el alma llena de miedo, la cabeza desbordada de preocupación, y en el corazón palpitaba vivo el desafío. Sentía el vértigo que antecede al olvido.
♣
El teléfono estaba vibrando sobre la cama como un pez fuera del agua. Sofía lo tomó y quiso saber quién la llamaba, pero en la pantalla aparecía la indicación de: Número no identificado. Al contestar escuchó la voz de Josué.
-Ahora no puedo hablar Josué.
-Estoy enfadado, me acabo de enterar que ese tal Aquilino anda también merodeando por Barcelona. Llamo para avisarte que me voy enseguida para allá.
-¡No seas obsesivo Josué!
-¿Estas bromeando? Lo único que anda buscando ese “peoresnada” es estar junto a ti. –la palabra le había dolido a Sofía tanto como si se hubiera referido a ella.
-No vengas. Te lo advierto. Y ahora voy a colgar. No vengas –repitió con tono amenazante. Después de colgar el teléfono se tendió sobre la cama, no tenía ganas de hacer nada. Estaba cansada y abrumada.
Unos golpes secos en la puerta la sobresaltaron. Abrió la puerta y dejó pasar a Aquilino, éste le entregó ilusionado una bolsita pequeña.
-¿Qué es? –preguntó muy seria Sofía.
-Un obsequio.
-Lo siento, no lo puedo aceptar.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué dices eso? –dijo el arqueólogo con voz impaciente-. Ya sé, déjame adivinar: Has hablado con tu enamorado.
-No me hables así –espetó ella-. Creo que estamos pecando al estar juntos, no podemos seguir así. ¿O me vas a decir que la infidelidad en el noviazgo no es pecado?
-Lo es, es pecado. Tienes razón, no podemos hacernos de la vista gorda con esto. Tenemos que hacer algo, cuanto antes mejor. De momento, es mejor que me marche.
-En primer lugar debemos orar y ponernos a cuentas con Dios.
-Eso es algo que cada uno debe hacer por su lado. Me marcho. -Aquilino se incorporó y se dispuso a salir. Pero Sofía lo detuvo.
-¡Un momento! hay otra cosa –lo tomó de la muñeca, oprimiéndola de forma inconsciente-. Quiero que me ayudes a perdonar… ahora.
-¿Ahora?
-Si, ahora mismo. Llevo muchos años asistiendo a un funeral interior. Ahora he encontrado las agallas, quiero resucitar, pero no sé cómo hacerlo. Comprendo perfectamente que los cristianos vivimos en medio de una ardiente tensión escatológica. Comprendo que esa tensión se traduce en lucha: Por un lado el Reino de Dios ha hecho irrupción en mi vida y he experimentado su poder, perdón y libertad de forma anticipada; pero por otro lado aun me falta mucho para llegar a ser perfecta. Toda esa libertad que hemos recibido, todo ese poder que nos inunda, no es más que la anticipación de las promesas futuras del Reino, en donde viviremos en un mundo de paz total, de armonía, de gozo y de sanidad. No habrá enfermedades, ni dolor ni odio… todo será perdón y libertad. Por ahora vivimos todo eso de forma parcial, hasta que el Reino sea instaurado en plenitud. Hoy anhelo que el Reino de Dios haga una irrupción en mi vida y me ayude a sanar mis heridas.
-John Wimber decía que el perdón es la moneda del Reino. En el Reino de Dios no podemos comprar las bendiciones con nuestras obras, mucho menos con nuestro dinero… digan lo que digan los nuevos vendedores de indulgencias. Todo lo hemos recibido a través del perdón de Dios. Si el perdón es la moneda del Reino de Dios, el odio es la moneda del Reino de las tinieblas. Con el odio compramos más odio, con el perdón compramos perdón y libertad. C.S.Lewis decía: “Necesitas amor; regala amor”.
-Necesitaré demasiada ayuda para lograrlo.
-¿Qué te parece si oramos ahora mismo? Necesitas la ayuda de Dios, no la mía.
Oraron de una forma muy sencilla. Directamente, sin ambigüedades ni circunloquios. Le pidieron a Dios que ayudara a sanar las heridas que el padre de Sofía le había causado, que le ayudara a perdonar. Sofía lloraba, por primera vez estaba dispuesta a rendirse, pero seguía sintiendo odio. Aquilino terminó de orar en voz alta y dejó que Dios hiciera el resto. Se quedaron en silencio unos minutos. Sólo se escuchaban los sollozos de Sofía. De repente sintió cómo algo empezaba a brotar desde su interior. Una fuerza impetuosa que la quebrantó por completo. Ahora Sofía lloraba a voz en cuello. Su cuerpo empezó a temblar y una paz inexplicable la invadió.
Dios –logró decir -. Yo hoy perdono a mi padre, a mi primer novio y al padre de éste por todo lo que me hicieron.
Aquilino también empezó a experimentar una paz inexorable. De pronto ambos sintieron la necesidad de pedir perdón a Dios. Sentían su presencia como algo maravilloso, algo así como un cobijo sobrecogedor de seguridad y gozo. Aquilino también perdonó a todas aquellas personas que le habían hecho daño… incluso perdonó a Dios por no haber impedido la muerte de su padre. Supieron entonces que el perdón es como una aurora, es la teología para un nuevo amanecer de la humanidad. El mundo, necesita perdonar y ser perdonado.
En Costa Rica el teléfono sonó tres veces.
-Papá, soy Sofía.