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Posted: 2006/01/31 by: Jose Pablo Chacon. El Rincon del Teologo.
Aquilino, angustiado por no poder encontrar a Sofía en el barrio gótico de Barcelona, es asaltado por un fulminante recuerdo, cuando a sus 9 años casi pierde la vida buscando algo que nunca encontró y, por primera vez, dudó de Dios.
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
OCTAVA PARTE
 
Aurora
Teología para un nuevo amanecer
 
Era una noche muy silenciosa en un lugar completamente desierto, y Sofía no podía hacer otra cosa que esperar. Aquilino buscaba con insistencia, corría y recorría las mismas calles una y otra vez. Había empezado a hacer frío y Sofía se sentó asustada en el portal de un vetusto edificio. Oró más con miedo que con fe y empezó a llorar en silencio. Pensó que lo que mejor podía hacer era quedarse a esperar en ese portal hasta que apareciera Aquilino, confiaba plenamente en él. 
 
Aquilino empezó a sentir angustia. Se detuvo extenuado y extraviado. No se daba por vencido, pero sabía que seguir recorriendo las calles no resolvía nada. Apoyó la mano en la pared de piedra de la catedral esperando que amainara la taquicardia. Pero eso no sucedió, sino que le sobrevino un quebranto avasallador. Todas sus emociones cayeron al suelo. Aquilino cerró los ojos sin lograr contener la oleada de dolor y espanto que lo abrazaba y abrasaba. Era un abatimiento tan hondo que lo paralizaba. Una profusión de imágenes le sacudió el alma y lo obligó a doblegarse ante algo que era más grande que él. Apoyó la espalada en el muro frío, se llevó ambas manos a la cara, cubriéndose la nariz y la boca en señal de desconcierto, luego se deslizó lentamente hacia abajo hasta acabar sentado en la acera, en posición de fracaso.  
 
Cumplía nueve años el día que su padre lo llevó a la selva tropical. El niño había anhelado ese momento durante mucho tiempo. Su padre era un hombre tan pequeñito y tan delgado que daba miedo tocarlo por temor a que se rompiera, sin embargo el niño sabía perfectamente que nadie podía ser más fuerte que su padre, nadie podía ser más astuto en la selva, nadie podía ser más experto en exploraciones. Era, sin lugar a dudas, algo que venía de familia porque su abuelo también había sido un gran conocedor de la jungla, según las historias que le contaba.
 
Llevar al primogénito a la selva era una tradición familiar que se remontaba a los años 30, cuando el tatarabuelo de Aquilino soñó con poseer un trozo de tierra cerca del cerro Zurquí. El Claro, como había bautizado don Jeremías al lugar de sus sueños, era un lugar privilegiado en medio de la montaña. La pobreza hizo que la única herencia familiar fuera precisamente un sueño, algo que nadie les podía robar. El sueño fue pasando de padre a hijo, esperando que alguno, con su esfuerzo o por un milagro de Dios, lo hiciera realidad.
 
El día que el niño cumplía los nueve años debía internarse junto a su padre hasta la profundidad de la montaña, caminar durante horas sorteando pendientes, lodazales, hormigueros gigantes, plantas de ortiga, animales e insectos de toda clase. La destreza del padre guiaba a su hijo a la vez que la pupila del niño aprendía ese lenguaje silencioso que se establece entre padre e hijo cuando ambos se abren camino bajo un cielo de ramas y hojas donde no penetran los rayos del sol. No debían detenerse antes de llegar a El Claro. En ese lugar se sentarían a comer y a contemplar la tierra que algún día sería de ellos. El niño debía observarla bien, debía grabarlo todo en su mente para que cuando al fin pudieran comprarla, recordara perfectamente el lugar y no excluyera ni un solo palmo de selva. En ese lugar padre e hijo soñaban juntos durante el resto de la noche y al día siguiente regresaban a casa con el alma repleta de convicciones.  
 
Esta vez el padre de Aquilino había emprendido la caminata con el corazón ya ausente de esperanzas. El 5 de abril de 1978, el mismo año en que nació Aquilino, toda esa tierra había sido declarada Parque Nacional dedicado al Benemérito de la Patria, el Lic. Braulio Carrillo, tercer Jefe de Estado de Costa Rica, quien realizó ingentes esfuerzos para abrir un camino que comunicara el Valle Central con la costa Atlántica. El padre de Aquilino sintió que sus ojos, de un azul acero, se le llenaban de lágrimas – no de tristeza sino de rabia- al leer el recorte del periódico La Gaceta del 27 de abril de 1978 en el que se desvanecieron todas sus ilusiones. La publicación oficial no dejaba lugar a dudas, El Claro era ahora un verdadero “Paraíso perdido”. Para él aquello era una barbaridad inaceptable, una verdadera injusticia.
 
 Cuando Aquilino y su padre se internaron en la espesura de la selva y fueron envueltos en un planeta de hojas gigantes, raíces que parecían escalones e insectos invisibles que al picar dejaban un bulto ardiente en la piel, Aquilino supo que había llegado la hora tan esperada.
 
- ¿Y por qué le llaman “sombrilla de pobre” a esas hojas pa?
- Porque los niños pobres de Costa Rica se cubren con esas hojas para ir a la escuela cuando llueve – El tono resoluto de aquéllas palabras transformaba la respuesta en una verdad irrefutable.
 
 Era la misma dichosa experiencia que tantas veces le había sido narrada por su padre. Pronto podrían ver los mismos árboles de manú, caoba, roble, ceiba, o el árbol de yos que había marcado su tatarabuelo con el cuchillo. Aquilino aguzaba todos sus sentidos para no perderse de nada. En cualquier momento podría aparecer la danta, el puma o el jaguar, el saíno, la martilla, la guatusa, el coyote o el tepezcuinte… todos animales que habitaban en las historias que le habían sido narradas. Al niño se le antojaban todos fieros y peligrosos.
 
Aquilino supo que habían llegado a El Claro cuando el calor de los rayos del sol le hizo notar que el cielo se había vuelto azul y las ramas que lo cubrían habían desaparecido casi por completo. El Claro era un lugar maravilloso, el caudal del río hacía rugir sus aguas con furia, pero un poco más arriba, a unos veinte metros, el río proveía una tregua y ofrecía un remanso de aguas cristalinas en cuya margen se abría un playón de tierra marrón. Se refrescarían unos instantes en la poza, luego comerían e instalarían la tienda de campaña antes que los sorprendiera la noche.
 
 
 
Como el niño no sabía nadar, se sujetó con todas sus fuerzas a la espalda de su padre para poder llegar hasta la cascada. Aquilino era un niño canijo. Aquél hombre pequeño nadó sin dificultad por las aguas tranquilas. La sensación era completamente nueva para Aquilino, quien no dejaba de temblar no sabía si por el frío o por la emoción. La espalda de su padre era un lugar seguro, solo tenía que apretar fuerte y quedarse quieto. Pero sentía tanta alegría de estar ahí, en El Claro, con su padre, nadando hacia la cascada de sus sueños, que aunque intentara contenerse, no lograba controlar las carcajadas y los repentinos empellones de emoción que daba su cuerpo.
 
- ¡pa! –aulló el niño asustado, mientras resoplaba fuerte porque el agua de la catarata le salpicaba justo en la cara y no le permitía ver ni respirar bien.
-¡Cierra los ojos y no respires por un momento! –ordenó el padre.
 
El niño tosió fuerte. Luego sintió cómo una fuerza fulminante le arrancaba a su padre. Ya sus bracitos solo sentían correr agua furiosa entre ellos. Al intentar gritar el niño tragó agua y su alarido nunca salió de su garganta. El omnipotente río caía sin misericordia sobre el pequeño, que ya no era dueño de sus movimientos ni de sus pensamientos. Solo sentía un terror absoluto. Aquilino tuvo por un instante la certeza de que su padre estaba cerca porque sintió algo así como su mano rozándole la pierna. Pero el río se lo seguía tragando. Paralizado por el pánico, el niño no luchó por mucho tiempo. Las aguas lo estrellaron contra una piedra, de la que supo aferrarse hasta recuperar el aliento. Una catarata seguía cayendo sobre él, pero esta ya no le pertenecía al río sino a un cielo negro que se había cernido sobre la selva. Pudo gritar, pero las aguas se tragaban su voz leve y temblorosa.
 
Escaló la roca. Esta estaba cerca de la orilla y el pequeño Aquilino dio el mayor de sus saltos y cayó de rodillas en el lodazal. El Claro era ahora un vado de fango, un desgarriate de piedras, ramas, y algunos árboles arrancados de cuajo que flotaban sobre las aguas enturbiadas por el barro. Aquilino se sentó sobre el lodo a esperar a su padre. La noche empezaba a asomarse con su rostro tartáreo. La lluvia no amainaba y el frío arreciaba.
 
Como vio que su padre no venía, decidió buscarlo. Se volvió a internar en la selva que exudaba un olor bravo en un vaho viscoso. Los insectos se lo querían comer pero su cuerpo, entumecido por el frío, ya no sentía las picaduras. Caminó unos metros, pero la noche le impedía encontrar el camino de regreso, por donde habían venido. Decidió regresar a El Claro para buscar las mochilas y sacar de ellas una linterna. Pero tampoco encontró el camino para regresar a El Claro. Sintió pánico una vez más, corrió asustado entre la selva conteniendo el llanto para poder respirar. Buscó a su padre con el corazón desnudo y el alma descalza -igual que su cuerpo- hasta que resbaló por tercera vez, y se vio envuelto en fango hasta la cintura. Entonces se detuvo extenuado y extraviado. No se daba por vencido, pero sabía que seguir recorriendo la selva no resolvía nada. Se llevó ambas manos a la cara, cubriéndose la nariz y la boca en señal de desconcierto, luego se dejó caer lentamente hasta acabar sentado, en posición de fracaso.   Se cubrió con una “sombrilla de pobre” pero el agua continuaba cayendo sobre él. Entonces supo que, aunque fuera tan grande e idéntica a la otra, esa hoja no era una “sombrilla de pobre”. Fue cuando se preguntó por primera vez dónde estaba Dios.
 

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